Una mariposa vive 24 horas interminables, un mes eterno.
Soy un efímero y no muy descontento ciudadano de una metrópoli considerada moderna porque ha evitado cualquier gusto conocido, tanto en el mobiliario y el exterior de las casas como en el plano de la ciudad. Aquí no podríais mostrar las huellas de ningún monumento de superstición. La moral y la lengua están reducidas, por fin, a su expresión más simple. Estos millones de personas que no tienen necesidad de conocerse llevan de modo tan paralelo la educación, los oficios y la vejez, que el curso de su vida debe de prolongarse varias veces menos de lo que una estadística idiota atribuye a los pueblos del continente. Igual que, desde mi ventana, veo nuevos espectros que ruedan a través del espeso y eterno humo de carbón –sombra nuestra de los bosques, noche nuestra de verano–, nuestras Erinias, ante mi casa que es mi patria y todo mi corazón, pues todo aquí se les parece –la Muerte sin lágrimas, nuestra activa hija y servidora, un Amor desesperado, y un bonito crimen piando en el barro de la calle.
Arthur Rimbaud


















